Cuando quiero que me quieras, sólo me lo dices como se lo dirías a cualquier fulana a la que quieres meter en tu cama.
Cuando quiero que no me quieras, dices que me quieres, hasta el punto de decírmelo con lágrimas en los ojos, y hacer que dude, dude de si creerte o de no saber si quiero creerte, porque creo que es lo que siempre he querido, que me quieras, ser tuya, y tu ser mío, y dejar de vivir escondidos detrás de las paredes.
Pero… ¿de qué me sirve que me digas un día te quiero, cuando al día siguiente no me das ni las buenas tardes?
¿Realmente merece la pena que te diga que te quiere la persona de la que llevas enamorada año tras año, y que lo único que te ha demostrado durante todo ese tiempo sea que puede hacerte todo el daño que se proponga, porque tú, ilusa e indefensa sólo en cuanto a amor se refiere, vas a estar ahí incondicionalmente?
La respuesta es NO.
Nadie merece la pena y mucho menos tu tiempo, si ese tiempo no es para compartirlo contigo.

Así que como decía María Jiménez, empecé a recuperarme un poco, y olvidé todo lo que te quería, y ahora ya y ahora ya mi mundo es otro.